Llevo años trabajando en servicios de urgencia y hay una frase que he escuchado más veces de las que puedo contar: "Doctor, disculpe que venga por esta molestia…". Y la persona que la dice lleva tres días sin poder abrir bien los ojos por el dolor, vomitó dos veces en la mañana y condujo igual hasta el hospital porque no quería incomodar a nadie. A veces llega acompañada de un familiar que la mira con una mezcla de preocupación y de reproche, como diciendo "te lo dije". Otras veces llega sola, con los lentes de sol puestos dentro del box de atención, hablando bajito, pidiendo que apaguemos la luz.
Eso me inquieta desde hace tiempo.
¿En qué momento aprendimos a pedir disculpas por tener dolor? ¿Quién nos enseñó que hay dolores que valen una consulta y otros que hay que aguantar en silencio, con la puerta cerrada y la vergüenza intacta?
Un dolor tan común que se volvió invisible:
Con el dolor de cabeza ocurre algo particular: es tan común que dejamos de tomarlo en serio. Como casi todos hemos tenido alguno, asumimos que sabemos exactamente de qué se trata, y que quien se queja demasiado está exagerando. "Tómese un paracetamol." "Es estrés, nada más." "A mí también me duele y aquí estoy, trabajando.” Frases que se repiten en las casas, en los trabajos y, lamentablemente, a veces también en los servicios de salud.
La familiaridad con el síntoma se transformó en indiferencia frente a la enfermedad.
Pero las cifras cuentan otra historia. La Organización Mundial de la Salud estima que las cefaleas afectan a cerca del 40% de la población mundial: unos 3.100 millones de personas. Una revisión de más de 350 estudios, publicada en The Journal of Headache and Pain, calculó que más de la mitad de la población presenta algún trastorno de cefalea cada año, y que en un día cualquiera —hoy mismo— casi el 16% del planeta está funcionando con dolor de cabeza.
Piénselo en su casa, en su trabajo, en el transporte público: una de cada seis personas a su alrededor probablemente tiene dolor en este momento. Y no lo dice. Va a trabajar igual, cocina igual, cuida a sus hijos igual. El dolor de cabeza es, probablemente, la epidemia silenciosa más grande del mundo, y casi nadie habla de ella.
"La migraña por sí sola es la tercera causa mundial de años perdidos por discapacidad, solo detrás del accidente cerebrovascular y la encefalopatía neonatal. Es una enfermedad neurológica compleja."
No todos los dolores de cabeza son iguales:
Existen más de doscientos tipos de cefalea descritos, pero la enorme mayoría corresponde a las llamadas cefaleas primarias, es decir, aquellas en que el dolor es la enfermedad misma y no la señal de otra cosa. Las dos protagonistas son la cefalea tensional —la más frecuente de todas, ese dolor opresivo "como un cintillo apretado" que aparece al final de un día difícil— y la migraña. Existe también un tercer grupo menos conocido, las cefaleas en racimos, mucho más raras pero de una intensidad tan brutal que quienes las padecen las describen como el peor dolor que han sentido en su vida. Distinguirlas importa, porque cada una tiene causas, tratamientos y pronósticos distintos.
Y ninguna de ellas se diagnostica bien en el pasillo de una farmacia.
La migraña: la gran incomprendida.
La migraña merece un capítulo aparte, porque carga con décadas de malentendidos. No es "un dolor de cabeza fuerte": es una enfermedad neurológica compleja, con base genética en muchos casos, que puede incapacitar durante días. Una crisis de migraña no es solo dolor. Muchas veces comienza horas antes, con bostezos, antojos, irritabilidad o rigidez de cuello que la persona aprende a reconocer como el anuncio de lo que viene.
Algunos presentan aura: destellos de luz, manchas en la visión, hormigueos. Después llega el dolor, habitualmente pulsátil y de un lado de la cabeza, acompañado de náuseas, vómitos e intolerancia a la luz, al ruido y a veces a los olores. Y cuando el dolor cede, no termina todo: queda una especie de resaca, uno o dos días de agotamiento y dificultad para concentrarse. Una crisis completa puede robarle a una persona media semana de vida.
Según la OMS, la migraña por sí sola es la tercera causa mundial de años perdidos por discapacidad, solo detrás del accidente cerebrovascular y la encefalopatía neonatal. Léalo de nuevo, porque es fácil pasarlo por alto:
La tercera causa en el mundo, por encima de enfermedades que sí nos parecen "serias" y que sí generan empatía inmediata.
Y sin embargo, ¿cuántas personas conoce usted que hayan solicitado licencia médica por migraña sin sentirse cuestionadas? ¿Cuántas prefieren inventar otro diagnóstico más "presentable" antes que decir la verdad? Esa es la medida real del estigma: cuando una enfermedad reconocida por la OMS entre las más discapacitantes del planeta sigue necesitando disfrazarse para ser creída.
Una carga que no se reparte parejo:
Hay algo que hace esta situación aún más injusta: golpea de forma desigual. Todas las cefaleas son más frecuentes en mujeres que en hombres, y la migraña en particular las afecta de manera desproporcionada, en parte por factores hormonales.
El dolor aparece con mayor intensidad entre los 35 y los 45 años: precisamente los años de criar hijos, cuidar padres, consolidar una carrera y sostener un hogar. No es casualidad que tantas mujeres lleven décadas con migraña sin diagnóstico, convencidas de que "así es su cabeza", porque a su madre le ocurría lo mismo, y a su abuela también, y en esa familia nadie consultó nunca.
El dolor femenino tiene una larga historia de ser minimizado, atribuido a los nervios, a la exageración o al carácter. La migraña ha pagado ese precio más que ninguna otra enfermedad.
A esto se suma el costo económico, que rara vez se menciona. Las cefaleas generan pérdidas enormes en productividad, ausentismo y lo que los expertos llaman "presentismo": estar físicamente en el trabajo rindiendo una fracción de lo habitual, porque la cabeza no da para más. Es un costo que pagan las personas, las familias y los países, y que seguiría siendo altísimo aunque solo midiéramos lo económico e ignoráramos por completo el sufrimiento humano, que es lo verdaderamente importante.
Y hay un grupo del que casi nunca hablamos: los niños y adolescentes. La migraña puede comenzar en la infancia, y con frecuencia se presenta distinto que en los adultos: crisis más cortas, dolor en ambos lados de la cabeza, a veces predominando las náuseas o el dolor abdominal por sobre el dolor de cabeza mismo.
Un niño que se aísla, que baja su rendimiento escolar o que pide apagar la luz de manera repetida no siempre está "buscando atención":
a veces está describiendo, con las herramientas que tiene, una enfermedad que nadie le ha diagnostico. Escucharlos a tiempo puede ahorrarles años de dolor sin nombre y de etiquetas injustas, tanto en la casa como en la sala de clases.
Cuando el remedio se vuelve parte del problema
Ahora, la parte que como médico más me cuesta decir: el remedio puede volverse parte del problema. Cuando el dolor es frecuente, es tremendamente humano ir sumando analgésicos por cuenta propia. Un paracetamol hoy, un antiinflamatorio mañana, algo "más fuerte" que recomendó un conocido, la caja que quedó de la vez anterior. El problema es que el uso excesivo de analgésicos —tomarlos muchos días al mes, durante meses— puede perpetuar y cronificar el dolor. Es una entidad reconocida, la cefalea por uso excesivo de medicamentos, y es una de las cefaleas secundarias más frecuentes en el mundo.
La cabeza termina doliendo, en parte, por el mismo medicamento que se toma para aliviarla.
Es un círculo vicioso perfecto: duele, se toma el analgésico, alivia un poco, vuelve a doler, se toma otro. Y nadie lo advierte en la farmacia, porque son medicamentos de venta libre y porque asumimos que lo que se vende sin receta es inofensivo. Si le está ocurriendo, quiero ser muy claro: no es su culpa. Es falta de información, y la responsabilidad de informar es nuestra, de los equipos de salud. La buena noticia es que tiene solución, pero pasa por consultar y reordenar el tratamiento con ayuda profesional, no por resistir ni por seguir probando cajas distintas.
Las señales que no se deben ignorar:
¿Cuándo preocuparse en serio? Conviene decirlo con calma: la gran mayoría de las cefaleas no esconde nada grave. Pero existen señales de alarma que en los servicios de urgencia nos hacen actuar con rapidez, y quiero que usted las conozca, porque reconocerlas a tiempo puede cambiar un pronóstico.
- Un dolor intensísimo que aparece de un segundo a otro, ese que los pacientes describen como "el peor de mi vida".
- Dolor de cabeza acompañado de fiebre y rigidez de cuello.
- Dolor que despierta en la noche o que empeora progresivamente semana a semana.
- Dolor que comienza después de un golpe en la cabeza, especialmente en adultos mayores o en personas que toman anticoagulantes.
- Dolor que llega junto a debilidad de un lado del cuerpo, dificultad para hablar, alteraciones de la visión o compromiso de conciencia.
- Y un dolor de cabeza nuevo, distinto a todo lo anterior, en una persona mayor de cincuenta años.
Ante cualquiera de estas señales, no se espera al lunes ni se consulta al grupo de WhatsApp: se acude a un servicio de urgencia.
Consultar no es exagerar:
Para todo lo demás —que es la mayoría de los casos—, el mensaje es distinto y quizás más difícil de aceptar: vivir con dolor de cabeza frecuente no es normal. No es debilidad, no es "ser exagerado", no es un rasgo de personalidad ni una herencia que haya que aceptar con resignación. Es un problema de salud que tiene nombre, diagnóstico y tratamiento. Y consultar sirve. Un buen diagnóstico parte por algo tan simple como conversar: cuándo duele, cuánto dura, qué lo gatilla, qué lo alivia, cuántos días al mes aparece. Llevar un registro simple de las crisis —en una libreta o en el teléfono— es una de las herramientas más útiles que un paciente puede aportar a su médico, y no cuesta nada.
También ayuda revisar con honestidad los hábitos que sabemos que influyen: dormir poco o a deshoras, saltarse comidas, la deshidratación, el exceso de pantallas, el consumo de alcohol y el estrés sostenido. No se trata de culpar al paciente —el dolor no es un castigo por dormir mal—, sino de identificar los gatillantes propios, que son distintos en cada persona, y actuar sobre los que se pueden modificar. Y cuando eso no basta, existen tratamientos preventivos y de crisis que han avanzado enormemente en los últimos años.
La investigación en migraña vive uno de sus mejores momentos históricos, con terapias diseñadas específicamente para los mecanismos de la enfermedad. Quien consultó hace quince años y salió frustrado, tiene hoy motivos reales para volver a intentarlo.
Tomarlo en serio: una tarea de todos
Lo único que le sigue faltando a la cefalea no se vende en la farmacia: que la tomemos en serio. Como familia, creyéndole al que dice que no puede más, en vez de medirlo con la vara del propio dolor.
Como lugares de trabajo, entendiendo que una persona con migraña no está "sacando la vuelta" y que un espacio con luz regulable o la posibilidad de recuperar una jornada perdida cuesta poco y devuelve mucho.
Como sistema de salud, dando a las cefaleas el espacio que su carga real exige, con acceso oportuno a diagnóstico y tratamiento, y no solo cuando el dolor lleva años instalado. Y como país, asumiendo que detrás de cada cifra hay personas que llevan media vida funcionando con dolor y pidiendo disculpas por ello.
Si el dolor de cabeza le está dictando cómo vivir —qué compromisos aceptar, cuántas cortinas cerrar, cuántas veces decir "estoy bien" sin estarlo—, no le pida más disculpas a nadie. Consulte. Insista si es necesario.
Su dolor es real, tiene explicación y, en la enorme mayoría de los casos, tiene solución o al menos un alivio significativo. Su salud también importa.
Dr. Erich Aguayo Álvarez.
Médico Residente Unidad Cuidados Intensivos (UCI).
Instagram: @draguayo
Editado por: EU. Francisco Muñoz Almendras.
Corresponsal, Columnista, editor y Locutor Radio Mía 89.3 FM.
Enfermero | Docente.